había llovido mucho, mucho, y bajaron del
Arca Noé
y
su mujer, Naamá, la hija de Henoc,
el primer
hombre que, porque anduvo con Yahvéh,
no se terminó,
Sem,
Cam y Jafet, con sus esposas,
y
los machos y hembras “de toda carne”
debajo
de las nieves perpetuas de las cumbres del monte Ararat, debajo
de la lava y
la tefra (los ronquidos del volcán dormido),
en
el barro
segundo,
la
madera de la estupenda barca que sobrenadó las aguas,
el
juego de estelas de los pasos mareados,
inseguros,
atropellados
de
las criaturas que empezaron
otra
vez
el
mundo[1]
[1] Génesis,
VI – VIII; Adamschriften [Los papeles de Adán: apócrifo gnóstico
armenio], XXXIX; Sepher Hayashar, o Toledot Adam [Generaciones de Adán], XVI – XVII.
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