el romero debe andar sus jornadas, salir
de
Guilgal, al norte de Betel,
seguir
hacia Jericó,
buscar
el Jordán,
cruzarlo
luego
en
el barro antiguo,
quemado,
de la otra
orilla
encontrará las
huellas de las pezuñas de los caballos
terribles,
el
roderón del carro maravilloso que subió a Elías a los cielos,
la
sombra del manto que recogió Eliseo, la estela
de las dos
partes poderosísimas de su espíritu (las heredaba
también
su pupilo,
su
mayor)[1]
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