tres bajeles armados montaron una playa
fácil
de “una isleta
de los lucayos, que se llamava
en lengua de
indios
Guanahaní”,
y bautizaron
San Salvador,
dejaban en la
orilla,
para señalar
el descubrimiento de aquel mundo que les parecía
nuevo
y se iba a
acabar,
los carriles
de sus espolones,
y,
en las arenas
segundas,
las huellas de
las botas de aquellos barbados que parecieron gente
del cielo (¿o
bajarían
caballeros?),
las hozaduras
de los mástiles de la bandera con las iniciales
de sus reyes,
del palo
santo
y católico
(Cristóbal
Colón, Diario del primer viaje)
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