eructó
el volcán Sadimán,
la ceniza cubrió el suelo, llovió
luego,
pasaron
unos
que adelantaban
algo
al hombre,
que eran
ya,
un poco,
nosotros,
homininos de “caboteta de misto” con
querencia
hacia los árboles,
los primeros que andaban siempre
de pie,
de la gente
de Lucy,
vino una lluvia
fina,
segunda vez
regurgitaba
la montaña
mágica
y la arenilla de su digestión caía sobre las
huellas, sellándolas
para siempre
casi,
casi:
la erosión fue descalzándolas despacísimo,
durante tres millones setecientos mil años,
hasta que en 1976 Mary Leakey,
con su corro de arqueólogos,
tropezó (a la letra) con ellas
éstas, que llaman
icnitas,
en Laetoli,
un yacimiento de Tanzania,
registran el paseo (¡sería
maravillado,
lleno de miedo!)
de nuestros tatarabuelos
desde ellas pueden contarse
todos los
cuentos que nos dicen,
o que fabrican
lo que somos, esto era
y no era