Laetoli

Laetoli

domingo, 26 de enero de 2014

Laetoli



            eructó el volcán Sadimán,

la ceniza cubrió el suelo, llovió

luego,

pasaron

unos

que adelantaban

algo

al hombre,

que eran

ya,

un poco,

nosotros,

homininos de “caboteta de misto” con querencia

hacia los árboles,

los primeros que andaban siempre

de pie,

de la gente

de Lucy,




vino una lluvia

fina,

segunda vez

regurgitaba

la montaña

mágica

y la arenilla de su digestión caía sobre las huellas, sellándolas

para siempre



casi,

casi:

la erosión fue descalzándolas despacísimo,

durante tres millones setecientos mil años,

hasta que en 1976 Mary Leakey,

con su corro de arqueólogos,

tropezó (a la letra) con ellas



éstas, que llaman

icnitas,

en Laetoli,

un yacimiento de Tanzania,

registran el paseo (¡sería

maravillado,

lleno de miedo!)

        de nuestros tatarabuelos



desde ellas pueden contarse

todos los cuentos que nos dicen,

o que fabrican lo que somos, esto era

y no era

Adán y Eva



comieron del Árbol de la Ciencia, y aprendieron mucho, eso,

        eso,

        y Yahvéh los echó del jardín del Edén,

        y puso de porteros querubines,

        y una espada de fuego,

        que ningún hombre pudiese entrar y comer

        también

        del Árbol de la Vida



        (Génesis, III)



        era la tarde del viernes

        segundo

        del mundo,

        y llovía,

        y en el barro

        nuevo

        de la puerta del huerto

        permanecerán,

hasta la Segunda Venida del Cristo,

        las huellas

pijas

de los botines Donatelli de Adán,

        de las sandalias de tacón Georgia Rose

de Eva,

        los calzados que los marcan, para siempre,

desde su caída (desde que nos perdieron), como chico

        y chica

escampaba



había llovido mucho, mucho, y bajaron del Arca Noé

        y su mujer, Naamá, la hija de Henoc,

el primer hombre que, porque anduvo con Yahvéh,

no se terminó,

        Sem, Cam y Jafet, con sus esposas,

        y los machos y hembras “de toda carne”



        debajo de las nieves perpetuas de las cumbres del monte Ararat, debajo

de la lava y la tefra (los ronquidos del volcán dormido),

        en el barro

segundo,

        la madera de la estupenda barca que sobrenadó las aguas,

        el juego de estelas de los pasos mareados,

        inseguros,

        atropellados

        de las criaturas que empezaron

        otra vez

        el mundo[1]










[1] Génesis, VI – VIII; Adamschriften [Los papeles de Adán: apócrifo gnóstico armenio], XXXIX; Sepher Hayashar, o Toledot Adam [Generaciones de Adán], XVI – XVII.

lo de Lot



en las afueras de Sodoma, en el camino de Soar, el suelo

de cristal

de azufre

guarda

una mujer

de sal (¡la curiosidad!),

y las huellas tristes

y aliviadas

de las sandalias de un viejo justo

y de sus dos hijas

gamberras[1]










[1] Génesis, XVIII, 16 – XIX, 26.


Elías aupado



el romero debe andar sus jornadas, salir

        de Guilgal, al norte de Betel,

        seguir hacia Jericó,

        buscar el Jordán,

        cruzarlo

        luego



        en el barro antiguo,

quemado,

de la otra orilla

encontrará las huellas de las pezuñas de los caballos

terribles,

        el roderón del carro maravilloso que subió a Elías a los cielos,

        la sombra del manto que recogió Eliseo, la estela

de las dos partes poderosísimas de su espíritu (las heredaba

también

su pupilo,

        su mayor)[1]



       






[1] 2 Reyes, II, 1 – 14.


final (casi) de Arturo



una playa del poniente de la Bretaña Mayor, frontera

        de Avalón,

        guarda las melancólicas huellas

de los zapatos herrados del rey Arturo herido

        de muerte,

        de los pies descalzos,

delicadísimos, de las nueve magas médicas que lo recogieron,

        y repiten, las aguas que cruzan hasta la Isla de las Pomas,

la estela de su barca 

        penúltima

12 de octubre de 1492



tres bajeles armados montaron una playa

fácil

de “una isleta de los lucayos, que se llamava

en lengua de indios

Guanahaní”,

y bautizaron San Salvador,

dejaban en la orilla,

para señalar el descubrimiento de aquel mundo que les parecía

nuevo

y se iba a acabar,

los carriles de sus espolones,

y,

en las arenas

segundas,

las huellas de las botas de aquellos barbados que parecieron gente

del cielo (¿o bajarían

caballeros?),

las hozaduras de los mástiles de la bandera con las iniciales

de sus reyes,

del palo

santo

y católico



(Cristóbal Colón, Diario del primer viaje)